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Prolegómenos de oro

Nuestra propia falta de imaginación es, en muchos casos, nuestra principal castradora. Dejando con demasiada frecuencia la sexualidad reducida a lo exclusivamente genital, el ser humano ha renunciado a todas las posibilidades de placer que puede ofrecer el cuerpo humano y con las que puede ser gratificado. Nos centramos demasiado en la obviedad del placer que puede proporcionar sentir una caricia en el pene o en el clítoris y olvidamos que también una caricia o un masaje en, por ejemplo, los pies, puede resultar muy placentera.

Obsesionados con el clímax final olvidamos saborear los placeres existentes hasta llegar a él. Como suele decirse, las sensaciones experimentadas durante del viaje pueden ser tan maravillosas como la sentida cuando, por fin, se llega a destino. Con demasiada frecuencia nos apresuramos por llegar a él y, al hacerlo, no sólo le restamos intensidad, también perdemos la posibilidad de gozar de sensaciones únicas. Todos los sexólogos lo dicen: hay que cuidar los prolegómenos sexuales y, por supuesto, potenciarlos.

Uno de esos prolegómenos podría ser el de centrar parte de nuestras caricias y nuestros mimos en los pies de nuestra pareja.

Los pies: territorio erógeno

Que los pies pueden ser una fuente muy importante de placer es algo que debería quedar claro con sólo realizar una constatación: en los pies confluyen miles de terminaciones nerviosas. Esto los convierte en unos órganos especialmente sensibles. Los defensores de la reflexología, de hecho, sostienen que cada órgano de nuestro cuerpo se refleja en un punto determinado del pie. Esto los asiáticos lo sabían bien, y por eso han utilizado, desde tiempos inmemoriales, técnicas de relajación basadas en el masaje de los pies. En esto, como en tantas otras cosas relacionadas con el erotismo y la sensualidad (fantásticas puertas de entrada a lo directamente sexual) deberíamos hacer caso a las culturas orientales. Después de todo, nuestra educación judeo-cristiana nos ha hecho despreciar con demasiada facilidad los placeres de la carne. Y eso es algo de lo que tenemos que desembarazarnos si deseamos gozar completamente de nuestro cuerpo.

Una de las maneras de hacerlo es la de entregarse a la maravilla de dar o recibir un fantástico masaje de pies. Para ello, nada mejor que servirnos de un aceite esencial que lubrique nuestras manos para que éstas puedan recorrer con suavidad todas las partes del pie. Del empeine al talón o de la planta al tobillo, cualquier rincón del pie es susceptible de ser masajeado para llenar el cuerpo de sensaciones sumamente agradables.

Para masajear el pie nada mejor que utilizar los dedos pulgares. Con ellos hay que presionar sobre la planta del pie, de dentro hacia fuera y desde el talón hacia los dedos. Éstos, a su vez, deben ser tratados individualmente. Si realizas un masaje de pies a tu pareja estira cada uno de sus dedos, acarícialos, introduce los dedos de tus manos entre los de sus pies. Pasea uno de tus dedos por la base de los dedos.

Los estudiosos de la reflexología dicen que talón y tobillos están directamente conectados con los genitales. Movimientos circulares, caricias, roces suaves con las yemas de los dedos, etc. deben formar parte del masaje de pies cuando se toquen interna y externamente los tobillos. Que la lengua participe en estas caricias no debe quedar excluido. Estamos hablando de placer y al placer compartido no habría que ponerle trabas. Después de todo, se suele decir que una de las grandes especialidades de las geishas era la de chupar el dedo de los caballeros a los que servían. ¿Sugerente, no?