El principio femenino

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La mística femenina

Para la filosofía Tantra, cada mujer es una diosa que personifica el principio femenino, el principio yin. La mujer puede abrazar su verdadera esencia femenina durante la práctica del acto sexual. Al abrazar esa esencia femenina, la mujer se siente más feliz, completa y abierta a su pareja, con la que consigue, así, una unión más íntima y fuerte.

Las mujeres acostumbran a atesorar una mística sexual y una sabiduría espiritual que suele ser admirada por los hombres. Los hombres sueñan con una mujer sexualmente activa y se sienten atraídos por las mujeres que están especialmente cargadas de energía femenina.

El Tantra te invita a disfrutar de ese potente principio femenino mediante meditaciones que te proporcionarán una posibilidad marcadamente erótica y fiable de explorar los más diversos matices de la sexualidad femenina. La meditación te guiará durante la exploración en que se convertirán tus relaciones sexuales para que, así, tú y tu pareja podáis conoceros más y mejor. Al final, el objetivo a conseguir será la unión perfecta de los principios masculinos y femeninos. Cuando esa unión se produce, gracias a la unión sexual, los resultados son sensacionales.

El principio femenino se potencia a través del amor y la sensualidad. Las meditaciones tántricas no sólo ayudan a activar en la mujer la capacidad de alcanzar el orgasmo. También influyen directamente en la intensidad de los mismos y en su abundancia. Para ello, hay que tener en cuenta que los chakras que pueden ayudarte a ponerte en contacto con esa energía femenina que habita dentro de ti son el segundo, el cuarto y el sexto. El masaje y la estimulación de esos chakras te ayudarán a relajarte y a prepararte para esa unión tántrica con tu pareja.

Ama a tu diosa

El sexo es una manera fantástica de expresar a tu pareja tu amor y tu pasión, pero no es la única. El pensamiento Tantra te anima a expresar tu amor empleando recursos sexuales, sí, pero también con actitudes y acciones que no tengan directamente nada que ver con la sexualidad. El escuchar a tu pareja es una de esas acciones. Mostrar afecto físico a diario y no sólo cuando se desean tener relaciones sexuales es otra. El afecto físico, la caricia, el beso o el abrazo, sirven para que la mujer sea consciente de cómo piensas en ella y de cómo la tienes continuamente presente.

Para hacer que tu pareja se sienta una diosa es fundamental que tengas confianza en ti mismo durante vuestros encuentros sexuales. Esa autoconfianza por tu parte permitirá que ella pueda desatar todos los aspectos de su poder femenino. Dejarse ir al hacer el amor es, también, una invitación a dejar que nuestra pareja lo haga. Si las emociones fluyen libremente, es fácil que la mujer se muestre desinhibida y apasionada. Esta desinhibición y esa pasión femenina revierten directamente en la pasión masculina, que se acrecienta. El hombre, gracias a esa corriente de feminidad que le llega de su pareja, ahonda en su propio principio masculino, llenándose de él y experimentando, de ese modo, un mayor ímpetu sexual.

Saludo a la diosa

¿Has olvidado cómo viste a tu pareja por vez primera? ¿Recuerdas cuando la descubriste por primera vez? Esta meditación que te vamos a ofrecer ahora te invitará a recordar ese momento. Volverás a mirar a tu pareja con ojos nuevos. El hombre, gracias a esta meditación, utilizarás sus sentidos para ir conociendo a su pareja. La mujer podrá, gracias a ese descubrimiento, sentir y expresar su feminidad. Y esa feminidad irá, poco a poco, abrumando el espíritu masculino.

Para realizar esta meditación, es necesario que hombre y mujer se pongan cara a cara, desnudos, a una cierta distancia. El hombre debe tener los ojos vendados. Ésa, aunque no lo parezca, será la mejor manera de re-descubrir a su pareja.

Cuando el hombre tiene los ojos vendados, la mujer le pide al hombre que dé un paso adelante; que se acerque a ella, pero que no la toque. El hombre debe estar cerca de la mujer, sintiendo su energía, pero no debe tocarla. Tras unos minutos de sentirla a ese distancia, el hombre debe retirarse un poco de su lado.

La mujer vuelve a pedir al hombre que dé, de nuevo, un paso adelante. Esta vez, el hombre debe acercarse a la mujer y colocarse tras ella, también sin tocarla, sintiendo el olor suave de su nuca y su cabello. Si lo desea, puede olfatear (sin tocar) también su piel, sus muslos, también entre ellos. Tras un tiempo prudencial de registrar el aroma corporal de la mujer, el hombre debe volver a dar un paso atrás.

El siguiente paso de la meditación se fundamenta en el tacto. El hombre debe utilizar ese sentido para saludar a su diosa y lo debe hacer lentamente, sin prisas, de una manera reverente, con la curiosidad incansable de quien quiere explorar cada curva del cuerpo de su pareja. Como si fuera la primera vez. Así debe hacerlo. Como si no hubiera acariciado ese cuerpo en otras ocasiones. El cabello y el rostro de la mujer no deben permanecer extraños a la caricia demorada y tierna del hombre.

Tras acabar esas caricias, hombre y mujer deben abrazarse. Al hacerlo, sus cuerpos conectarán entre ellos. Tras ese abrazo, uno y otro deben, de nuevo separarse dando un paso atrás.
La mujer, entonces, pone una música erótica e inicia una danza sensual invitando al hombre. Quitándose la venda de los ojos, el hombre comienza a danzar con la mujer, estableciendo un contacto directo con su cuerpo que, muy probablemente, invitará a algo más.

Esa especie de asombro, fascinación y deslumbramiento que, seguramente, ha asomado durante la meditación, debe trasladarse al acto sexual. La mujer, durante este acto, debe ser (y esto es primordial) completamente libre. Suave, apasionada o explosiva. Como ella desee. Su energía sexual, profundamente femenina, es la que debe marcar el encuentro. Que el hombre bese a la mujer como si la besara por vez primera y, a continuación, y mientras siguen disfrutándose el uno al otro, que respiren profundamente. Que la penetración sea algo así como la manera más directa de desaparecer en un vasto abismo. En cierto modo, debe sentirse que se está haciendo el amor con el universo entero.

Los ojos del hombre deben recorrer, en la medida de lo posible, el cuerpo de la diosa. El recorrido de la mirada por ese cuerpo debe ser un recorrido placentero y lento, que permita disfrutar de la belleza natural de la mujer y de su pureza de espíritu.

Cuando el orgasmo llegue hay que abandonarse al descanso, uno junto al otro, disfrutando de la nueva conciencia que el uno tiene del otro.