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Fruto de la evolución

No nos creamos la generación más lista de la historia. No nos creamos el no va más de la evolución. En estas dos o tres últimas décadas hemos creado muchos aparatos sí. Pero hay muchos aparatos de las que disfrutamos en la actualidad (la inmensa mayoría de ellos) que no son sino fruto de la evolución de otros aparatos que fueron creados décadas atrás. Un ejemplo: las lavadoras que hoy en día calculan por sí solas, y dependiendo del peso de la ropa que introduzcamos en su tambor, qué cantidad de agua utilizar para realizar una colada, no surgen de la nada ni de la inventiva genial de un ingeniero. Son fruto de un amplio catálogo de pequeños avances tecnológicos que, durante décadas, se han encargado de perfeccionar y mejorar las prestaciones de la que fue la primera lavadora patentada, una máquina que servía para lavar y escurrir la ropa y que fue registrada en Inglaterra allá por el año 1691.

Que ahora gocemos de maravillosos juguetes eróticos como pueden ser los maravillosos dildos o los anillos para el pene de silicona médica que fabrican marcas como Lelo, California Exotic Novelties, Adam & Eve o Pipedream sólo ha sido posible gracias a la intuición de una serie de pioneros que, hace ya décadas, buscaron la manera de enriquecer la sexualidad humana gracias a la utilización de lo que hoy conocemos como juguetes sexuales.

Sí: nuestros abuelos también tuvieron sus propios juguetes eróticos. No se podían comprar on line. No se podían, seguramente, exponer sin complejos en las vitrinas de vidrio de una tienda ubicada en cualquier calle principal de cualquier ciudad. Pero existían.

Joseph Mortimer Granville

Los vibradores, por ejemplo, nacieron en la consulta de un médico inglés. Ese médico se llamaba Joseph Mortimer Granville y lo que buscaba era crear un aparato que sirviera para curar lo que se conocía como histeria femenina. Para curar lo que se llamaba histeria femenina se seguía el siguiente método: el médico en cuestión, y con uno de sus dedos lubricado con aceite, lo debía introducir en la vagina de la mujer y, una vez dentro, debía meterlo y sacarlo de manera decida y rítmica. Más claramente: el médico masturbaba a la mujer.

La amplia clientela de Joseph Mortimer Granville hizo que éste buscara la manera de crear un aparato que le aliviara de la sobrecarga muscular que le causaba tanto trabajo “aliviador”. Así fue como nació el primer vibrador. Corría el año 1880. Veinte años después, la marca Hamilton Beach patentó los primeros vibradores que, concebidos como “instrumentos médicos”, se anunciaban en las revistas de decoración, corte y confección y bordados y se vendían por correo.

Los anuncios que publicitaban estos productos los publicitaban como productos destinados a mejorar áreas de la salud corporal que, en principio, poco tenían que ver con la sexualidad. Por ejemplo, un aparato llamado “Vibra-finger” (dedo vibrador), que tenía forma explícita de dedo, era publicitado como un utensilio para mejorar la circulación de las encías y, con ella, de la salud bucal. Otros vibradores, por su parte, eran publicitados como masajeadores faciales, podales o de cualquier otra parte del cuerpo. Sospechosamente, algunos de esos vibradores destinados a mejorar la salud de determinadas partes del cuerpo tenían forma fálica. Sin duda, la publicidad no podía ser más explícita en aquellos tiempos. De haberlo sido, muchos de estos juguetes eróticos vintage no hubieran podido ser anunciados en las revistas y publicaciones en los que eran anunciados.

Los mismo que sucedía con los vibradores sucedía con los dilatadores anales. En principio estaban destinados a mejorar el tracto intestinal y las dolencias del colon o la próstata. En realidad, sin embargo, eran juguetes eróticos vintage que, en manos de hombres o mujeres, añadían un amplio abanico de posibilidades a la estimulación anal.

De la medicina al placer

Sería un poco más adelante cuando estos juguetes eróticos vintage empezaran a venderse, si no como tales juguetes eróticos, sí como productos destinados a luchar contra la frigidez. Sería llegada la década de los cincuenta del pasado siglo cuando las películas pornográficas empezaran a incorporar a sus escenas el uso de vibradores. Sería en esta época, y en especial llegados ya y avanzados los años sesenta, cuando los juguetes eróticos empezaron a ser concebidos como tal, es decir, como objetos destinados a lo lúdico y placentero.

Fue en esta época, también, cuando algunos estados estadounidenses empezaron a introducir en su legislación normativas y leyes que tenían como finalidad luchar contra la obscenidad. Esa legislación llegó a prohibir la distribución y venta de cualquier tipo de dispositivo “cuyo uso primario fuese la estimulación de los genitales humanos” en lugares como Alabama, Louisiana, Texas, Virginia o Massachusetts.

La revolución sexual de los setenta, sin embargo, sirvió para normalizar el uso de los juguetes sexuales y, entre ellos, de los vibradores. Las feministas, por ejemplo, abogaron por su uso y personas como la sexóloga Betty Dodson empezó a utilizarlos para dirigir sesiones en las que se enseñaba a la mujer a masturbarse utilizando los vibradores de la época.

Desde entonces hasta entonces, la industria del juguete erótico ha ido mejorando sin cesar las prestaciones y la calidad de sus vibradores. Nuevos materiales y nuevos diseños ergonómicos para estimular más y mejor el punto G o, en el caso del hombre, la próstata han hecho que los actuales vibradores apenas tengan nada que ver con aquel primer vibrador que Joseph Mortimer Granville para dar descanso a su dedo.


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