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Maestras del pompoir

Pompoir, beso de Singapur, beso vaginal… con estos nombres se conoce una de las técnicas eróticas que pueden servir para distinguir a una gran amante de una artista del amor. Los árabes destinaron incluso un nombre para referirse a las mujeres que sabían utilizar sus músculos vaginales para apretar el pene del varón cuando éste estaba introducido dentro de ellos. Ese nombre es “kabbazah” y podría traducirse por algo así como “poseedoras”.

Las kabbazah, y gracias a esa capacidad para manejar a voluntad los músculos vaginales, gozaban más de las relaciones sexuales y hacían gozar más a sus acompañantes. En las culturas orientales también se valoraba que la mujer supiera manejar sus músculos vaginales y supiera realizar el pompoir. Con ese fin se las entrenaba a coger cosas y sujetarlas con la vagina.

Entre las grandes maestras del arte del pompoir o beso vaginal podemos encontrar a las geishas, las devadasi indias (mujeres que, siendo de las castas más bajas, eran obligadas a ejercer la prostitución en los templos de la diosa Yallamma cuando alcanzaban la pubertad) y a algunas cortesanas de las cortes europeas como puede ser, según se cuenta, Diane de Poitiers, cortesana francesa que llegó a ser amante del rey Enrique II de Francia.

Ejercicios vaginales

Para dominar el pompoir o beso de Singapur hay que ejercitarse en la contracción de los músculos perivaginales, en los del esfínter uretral y también en los anales. El mejor entrenamiento para conseguir ese dominio voluntario de los músculos vaginales es el determinado por los llamados ejercicios Kegel y se fundamenta en la contracción y relajación alternativa y voluntaria de esos músculos o, también, en la contracción de los músculos durante unos segundos para luego relajarlos.

Para realizar correctamente estos ejercicios es necesario que, al contraer los músculos vaginales, no se tensen otros músculos cercanos como pueden ser los del vientre, glúteos, muslos, nalgas o abdominales. La contracción debe concentrarse sólo en la zona pélvica. Para conseguirlo, una mujer debe realizar el mismo movimiento que realizaría si tuviera que contener sus ganas de orinar.

Una de las grandes virtudes de estos ejercicios es que no se precisa ir al gimnasio para realizarlos. Pueden realizarse en cualquier lugar, en el metro, en la cola del pan, en la oficina, de pie, sentada, tumbada… aunque quizás la mejor manera de realizar estos ejercicios es en casa, desnuda, tumbada, controlando la respiración y visualizando cómo la energía entra por ano y vagina hasta ascender hacia la cabeza.

Al principio hay que realizar estos ejercicios (como se haría con cualquier otro) de manera moderada. Una intensidad inicial demasiado alta puede provocar la aparición de agujetas. Para evitarlo, lo mejor es no superar las 10 repeticiones de contracciones de entre 3 y 10 segundos en las primeras sesiones. El objetivo final es llegar a las 20 repeticiones diarias.

Estos ejercicios no sólo sirven para que la mujer se convierta en una experta en el pompoir o beso de Singapur. También sirven para que las mujeres puedan corregir algún tipo de problema como puede ser la falta de sensibilidad vaginal, los dolores durante la práctica del coito o las pequeñas pérdidas de orina. Tras un parto, nada mejor que estos ejercicios para reforzar el suelo pélvico.

El beso de Singapur

Una vez ejercitados convenientemente los músculos vaginales hay que plantearse cuál es la mejor manera de realizar el pompoir o beso de Singapur. La más propicia a que la mujer pueda determinar el ritmo de la penetración y su ángulo es, sin duda, aquella postura en la que la mujer se coloca a horcajadas sobre el hombre, que permanece tumbado.
Colocada la mujer sobre el hombre, la mujer, para realizar correctamente el pompoir, debe evitar mover sus caderas para, así, realizar esas contracciones vaginales intensas y continuadas que son la base del beso de Singapur. Esas contracciones tendrán un efecto de succión sobre el pene. Si la mujer consigue realizar durante el tiempo adecuado dichas contracciones, el hombre podrá llegar al orgasmo, que será extraordinariamente placentero.